Escribe Shanti Benvenuto
El 20 de mayo se realizó una vez más la Marcha del Silencio, un acto que se realiza desde 1996 para conmemorar el asesinato en Argentina de los dirigentes políticos Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz, junto con el matrimonio de refugiados políticos Rosario Barredo y William Whitelaw Blanco. Organizado por Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos en cooperación con diversas organizaciones sociales, la consigna de este año fue: “Ellos saben dónde están, exigimos respuestas. Nunca más terrorismo de Estado”.
La búsqueda de la organización de Madres y Familiares por Verdad, Memoria y Justicia sigue interpelándonos frente a los discursos negacionistas que resurgen cada cierto tiempo. Han pasado 51 años desde aquel trágico golpe de Estado que persiguió, asesinó, torturó y desapareció a miles de uruguayos simplemente por su afiliación ideológica y partidaria.
Desde hace tiempo, los discursos negacionistas han aflorado a nivel internacional. La coyuntura mundial demuestra el resurgimiento de expresiones políticas de ultraderechas que buscan deshumanizar a los sectores más perjudicados por acontecimientos como las dictaduras latinoamericanas. Este contexto se agrava con el individualismo liberal clásico, que glorifica las sociedades ultra capitalistas y avergüenza a los pobres. Además, en el actual escenario bélico y geopolítico de Medio Oriente, se repiten patrones de marginación y deshumanización similares a los practicados por los sectores fascistas y neonazis en la Europa de principios de siglo.
En Uruguay, el número de desaparecidos se fija en 195, basándose en las denuncias públicas realizadas. Sin embargo, no tenemos ninguna certeza de la veracidad de esta cifra. Es imposible determinar con certeza el número final de desaparecidos, ya que el gobierno de facto y sus cómplices se encargaron de eliminar toda evidencia. Los archivos que quedan son interpretaciones subjetivas de los torturadores sobre nuestros compatriotas.
Ante esto, propongo una pregunta: ¿Por qué hay una obsesión con fijar un número? Uno imaginaría que en nuestro país existe un contrato social y humano con un consenso sobre la importancia de la democracia para definir el destino de nuestra patria. Incluso si no hubiera consenso sobre la democracia, debería haberlo respecto a los derechos humanos, que nunca deben ser violados, y respecto al papel del Estado como garante de nuestra protección. Aun cuando no existiera consenso en estos tres puntos, lo cual resulta difícil de imaginar, debería haberlo en el rechazo al asesinato de compatriotas por razones ideológicas o políticas.
La insistencia en fijar un número de desaparecidos, culpabilizar a las víctimas y sus familias, y centrarse en la guerrilla no es azarosa, sino oportunista. Cada vez que un dirigente se enfoca en precisar un número, cuestionar la inocencia de las víctimas, o justificar la necesidad de un plan de reorganización, no lo hace para esclarecer los hechos, sino para deshumanizar o minimizar la gravedad de estos sucesos, presentándolos como consecuencias de un momento histórico. Esto no es así. La dictadura fue, ante todo, un intento de eliminar las expresiones disidentes en la sociedad. Fue un plan de crueldad e injusticia, dirigido a la destrucción del Estado uruguayo y los salarios de la población, llevando puestos tanto a familias como a inocentes y dirigentes humanitarios nacionales. Nuestra tarea política es defender el humanismo y exigir respuestas sobre el paradero de los desaparecidos, porque de lo contrario, los discursos de deshumanización habrán triunfado sobre nuestra búsqueda de la verdad.
Porque, incluso si las diferencias son ideológicas, no deberían ser éticas. La desaparición forzada de un individuo por parte de las fuerzas armadas constituye no solo un delito a nivel internacional por Terrorismo de Estado, sino también la demostración de un plan sistemático y organizado para investigar, amenazar, torturar, violar, desaparecer, asesinar y, no menos importante, deshumanizar a uruguayos y uruguayas.
El número, insisto, no necesita ser exacto. Lo importante es que se convierta en una bandera sobre la cual afiancemos nuestra democracia y los derechos humanos. Aunque sea necesario mantener un registro de denuncias y archivos de la dictadura, estos deben ser protegidos para preservar la integridad de las pruebas y no entorpecer la búsqueda de los colectivos sociales VERDAD, MEMORIA y JUSTICIA.
Por otro 20 de mayo, donde las calles de nuestro país se llenen con los rostros de aquellos que no tienen voz. Por una marcha del silencio, cuyo silencio sea lo suficientemente ensordecedor para conmover a aquellos que no se sienten interpelados. Por un país más generoso y responsable, donde todos los partidos políticos y todas las ideologías coincidan en una sola frase: NUNCA MÁS TERRORISMO DE ESTADO.
*El día 28 de mayo de 2024 se confirmó la identificación de los restos hallados en junio de 2023 en el batallón 14. Estos restos pertenecieron a Amelia Sanjurjo Casal, una militante del Partido Comunista, de 40 años, que al momento de su desaparición estaba embarazada de su primer hijo. Según el informe del laboratorio, su muerte fue «violenta por acción de terceros en el contexto de privación de libertad, malos tratos o tortura».
El acto de poner nombre y apellido a estos restos es mucho más que un esclarecimiento de los hechos, es una reafirmación de lo que el colectivo de Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos ha reivindicado incansablemente, la verdad siempre sale a la luz. Este hecho confirma que aún quedan secretos guardados por los altos mandos militares del régimen. Es un llamado a la justicia, una prueba irrefutable de que los desaparecidos siguen entre nosotros.
La memoria de Amelia Sanjurjo Casal no debe ser manchada por decisiones políticas ni manipulada por reivindicaciones ideológicas. Su historia es un recordatorio de nuestra obligación de insistir en la búsqueda de justicia. La identificación de Amelia no solo honra su memoria, sino que también nos impulsa a seguir exigiendo respuestas, a luchar por la verdad y a mantener la memoria para que estos actos de crueldad jamás se vuelvan a repetir.
