Resistir desde la raíz: luchar por la vida

Escribe Jorge Fossatti Brigada Marx Attack

En estos tiempos sombríos, en que la derecha avanza con fuerza y los momentos electorales parecen diluir la esencia de lo que defendemos, es urgente levantar la voz y recordar lo que realmente importa. Mientras algunos se dejan llevar por el pragmatismo, negociando principios a cambio de beneficios efímeros, nosotros debemos resistir y reafirmar nuestros valores más fundamentales, estos valores liberadores.

Cada vez que tratamos de defender estos principios, nos encontramos con un sistema que busca estigmatizarnos. Una red de acuerdos preexistentes, donde sólo aquellos que tienen algo para ofrecer, algo que mantenga el status quo, son los que ocupan los espacios de poder. Es un poder que se auto-replica bajo la máscara de la generosidad, pero que en realidad solo garantiza la perpetuación de sus obscenas ganancias y privilegios. Aquellos que se conforman con migajas, sabiendo en su fuero interno que este mismo poder los terminará oprimiendo, son cómplices de su propia explotación. Esta dinámica perversa se basa en un conservadurismo, que niega cualquier posibilidad de transformación real.

Pero la transformación es necesaria y debe anclarse en valores que no están en juego, que no pueden ser objeto de transacción. La compasión, la amistad y la dignidad no pueden ser calculadas ni medidas; deben ser vividas y ejercidas con ejemplaridad. Como socialistas, debemos reconstruir nuestras bases sobre la defensa de la vida y la dignidad humana. Necesitamos salir en busca de aliados que también se posicionan desde estas perspectivas: actores sociales, culturales y comunitarios. Todos aquellos que nos salvan de la desidia, del abandono, de la desgracia y del vacío.

No luchamos por la simple auto-defensa, luchamos por sobrevivir. Hoy, fuerzas poderosas a nivel mundial pretenden deshumanizar sociedades y construir enemigos dentro de las comunidades. No podemos permitir que esta lógica prevalezca. Basta con mirar lo que ocurre en nuestros países vecinos para entender que no podemos sacrificar ni un ápice de coherencia.

El refugio de nuestros valores y la senda de la dignidad son los caminos que debemos recorrer juntos. Son los refugios donde la compasión y la solidaridad nos invitan a llorar y a resistir, a no ceder ante las fuerzas que nos deshumanizan. Y son esos mismos caminos, construidos con la fuerza de lo colectivo, los que marcan lo que verdaderamente importa. En cada paso que damos, encontramos no solo la huella de quienes vivieron antes que nosotros, sino también la certeza de que estamos en el lado caliente de la historia.

Nuestra fuerza es la fuerza de los débiles, de aquellos que no poseen riquezas materiales ni poder institucional, pero que encuentran en su astucia, en su vida compartida y en sus lazos comunitarios el motor para la transformación. No necesitamos más que nuestra unión y la determinación que nos impulsa, porque en nuestra debilidad reside la mayor de las fortalezas: la capacidad de ser muchos, de ser nuevos, de ser creativos frente a la adversidad, de necesitar serlo, de terminar siéndolo. Contamos con las emociones que nos guían, emociones que nos enseñan a resistir, a protegernos mutuamente y a no desviarnos del camino que nos protege. El espíritu de justicia nos termina guiando, nos recuerda por qué luchamos y hacia dónde debemos dirigirnos. Los débiles, aquellos que han sido relegados y subestimados, son los únicos que, desde la base de su aparente fragilidad, pueden ser verdaderamente transformadores. Somos nosotros quienes, con la frescura de lo nuevo y la potencia de lo colectivo, tenemos el poder de derrumbar las viejas estructuras y construir un mundo donde la dignidad, la vida y la compasión sean la norma. Porque en nuestra vulnerabilidad, en esa fuerza colectiva que se nutre de la existencia y los sueños compartidos, encontramos el poder para construir nuevas bases, esas tan esperada nuevas bases.

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