Escribe Garabed Arakelian
Aquel 22 de agosto fue un típico día de invierno, terco, empeñado en quedarse. Lo recuerdo húmedo y frío, con tristeza de gris.
Estábamos en 1984 y la dictadura, encapotada como el cielo, ensayaba los primeros amagos de apertura. Sobre el mediodía me llegó un aviso de Chifflet: quería verme. Generalmente nos encontrábamos en la agencia de publicidad donde él trabajaba. Yo era conocido de los propietarios y, de vez en cuando, también solía ir por razones de trabajo, de modo que mi presencia no era extraña. Además, los encuentros con el Yuyo, eran eso: encuentros, que no superaban los diez minutos.
Llegué en las primeras horas de la tarde y Chifflet sonriente me dijo: “Es casi seguro que hoy nos devuelven Casa del Pueblo. Avisale a todos los conocidos, yo estoy en eso”. Aunque el tema de la devolución estaba, junto con muchos otros sobre la mesa de negociación, me tomó de sorpresa. No lo esperaba tan inmediato. El encuentro fue muy corto pues era para echar a correr el dato y citarnos ante la puerta de Casa del Pueblo. No había hora indicada, por lo tanto había que dominar la ansiedad, pasar el aviso y estar “en la vuelta”: esperando. Al principio éramos unos pocos. Pero con el paso de las horas, fue aumentando el número de quienes aparentando inocencia pasaban, una y otra vez, por la vereda de enfrente a Casa del Pueblo, hasta que ya cansados de la “vuelta manzana” y de cruzarnos saludando con una sonrisa que aparentaba inocencia, decidimos pararnos ante la puerta tapiada.
Éramos cada vez más, mujeres y varones, repletos de preguntas pero sin hablar, ansiosos, mientras rumores y esperanzas apuraban el minutero. A intervalos llegaban las informaciones: “Cardoso sigue en la Jefatura reclamando la entrega. Hay que aguantar”. Pero ¿qué pasaba? ¿Por qué tanta demora? No se sabía, pero se suponía que los militares querían fastidiar un poco más y le daban vueltas al asunto. Es que Casa del Pueblo fue tomada, ocupada y vaciada. Cuando se fueron, cerraron, ¿Pasaron la llave? Para qué si la tapiaron. Pero buscaban una llave que demoraban en encontrar. Hasta que, apareció un oficial y se la entregó a Cardoso. Entretanto, “la vuelta a la manzana” había cesado y los apiñados ante la puerta ya ocupaban la calzada enlenteciendo el tránsito. Todos mirábamos hacia “la esquina de arriba”, Soriano y Yi, el boliche de Alfredo, en cruz con “el Picotín”, pues deducíamos que por allí, aparecerían Cardoso y los compañeros que estaban con él. Chifflet, chasque infatigable, me localizó para encomendarme que me plantara, en la misma puerta de Casa del Pueblo, para que Cardoso tuviera una referencia conocida. Apenas pasadas las seis, con las primeras sombras se encendieron las luces, escasas y macilentas, del alumbrado público; pero el pavimento húmedo absorbía esos tímidos destellos sin devolverlos. La humedad, a ratos se hacía llovizna, y el escenario acentuaba nuestra desazón, angustiados ante la posibilidad de vivir una expectativa frustrada. Pero duró pocos minutos, ya que pronto se encendieron los faros de los autos, se replegaron las penumbras y alguien gritó: “Ahí viene Cardoso bajando por Soriano”. En efecto, venía lento, rodeado por un enjambre que entre saludos y preguntas no le daba respiro. El Yuyo venía delante, despegado del grupo. Cuando se arrimó le pregunté “Flaco, ¿cómo hacemos para entrar?” “No te preocupes”, me dijo y desapareció. Cardoso llegaba en ese momento y, cosa no muy común en él, me dio un abrazo. Estaba emocionado y se le notaba. “¿Ud. sabe cómo seguimos?”, “si, ya vienen unos compañeros con herramientas” le dije, nervioso porque no sabía más que eso, cuando abriéndose paso entre la gente apareció Mario Fígoli, haciéndome señas que, deduje, tenían que ver con el tema. Mi memoria registró el momento como una fotografía: Cardoso quedó al centro frente a la tapia, yo, de espalda a la calle Yí mirando hacia lo que en aquel tiempo era Cuareim. Mario venía en sentido contrario, con un gabán o campera, de color verde, holgado, con la cremallera abierta, apretaba algo bajo su brazo izquierdo, metió la mano derecha y la sacó mostrando una maceta que puso en manos de Cardoso, con una recomendación: “con cuidado, compañero, mire que es pesada”, le dijo, “mejor así”, respondió José Pedro y de inmediato se perfiló ante la tapia y comenzó a derribarla a marronazo limpio, como se dijo después. La fotografía muestra además la rabia reflejada en su rostro (La maceta, se guardó y hasta hoy se exhibe en el rellano de la escalera en Casa del Pueblo). Los golpes eran efectivos, con cada impacto se partía un trozo de bloque, hasta que comenzó a verse la vieja y oscura madera que tantas veces atravesamos, tantas y tantos de nosotros. Pero teníamos compañeros más osados que, horas antes, habían solicitado permiso a los vecinos y desde la azotea habían pasado a Casa del Pueblo, dando un salto temerario. Ellos estaban adentro y ayudaron (Entre ellos estaba Andrés Cámara, recientemente fallecido, y con este recuerdo rindo homenaje a su memoria). Cardoso se hizo a un lado buscando descanso y dejando paso al alud humano que irrumpió, a empujones y traspiés en nuestra Casa del Pueblo, que olía a encierro, humedad y abandono. No había luz y adentro era un hoyo oscuro que quería impedir el avance. Sin embargo, compañeras y compañeros socialistas retomaron el espacio y lo llenaron de inmediato con sus voces, risas y lágrimas. La luz agonizante de los encendedores trepaba por las paredes, haciendo huir los fantasmas. Volvía a ser nuestra Casa del Pueblo. Estuve poco tiempo adentro, apenas unos minutos. En la puerta estaban Cardoso, radiante, y Chifflet pletórico, me mostró lo que encontró en el piso de la biblioteca vandalizada con saña. La escena inmediata ya ha sido narrada en otra oportunidad, quizás haya compañeros que la conserven y otros que tengan nuevas y enriquecedoras versiones. Yo paro aquí mi relato, y lo dejo como obsequio a las y los socialistas, que no vivieron esa historia pero son continuadores de ella, para que no queden con las raíces al aire.
